Las pantallas son parte de nuestra vida. Nuestros niños las utilizan para aprender, entretenerse, comunicarse y, muchas veces, también para darnos a los padres unos minutos para resolver el día. Así que cuando hablo sobre el uso de pantallas, mi intención no es demonizar la tecnología ni crear culpa, sino entender mejor cómo puede influir en un cerebro que todavía está desarrollándose.
Una de las áreas que más me interesa es el lóbulo frontal, porque participa en funciones como la atención, el control de impulsos, la regulación emocional, la planificación y la memoria. En los niños, esta parte del cerebro continúa madurando durante muchos años.
Por eso, cuando un niño tiene dificultad para concentrarse, seguir instrucciones, completar tareas o regular sus emociones, me gusta mirar el panorama completo: ¿qué estímulos está recibiendo su sistema nervioso durante el día?
¿Qué tienen que ver las pantallas?
Cuando utilizamos una pantalla, especialmente contenido rápido, brillante y constantemente cambiante, nuestro cerebro recibe muchísima estimulación.
Aquí entra la dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación, la novedad y la recompensa. Cada video nuevo, notificación, juego o swipe puede darle al cerebro ese pequeño estímulo de “¡mira esto!”.
El problema no necesariamente es utilizar una pantalla. Es cuando nuestro cerebro se acostumbra a recibir estimulación rápida y recompensa inmediata constantemente.
Entonces, actividades que requieren más paciencia —leer, hacer una tarea, escuchar instrucciones, jugar sin tecnología o simplemente estar tranquilos— pueden sentirse mucho menos interesantes.
Y probablemente muchos padres han visto algo parecido: un niño puede pasar muchísimo tiempo concentrado en un videojuego o video, pero le cuesta mantenerse enfocado durante una tarea sencilla.
La buena noticia: el cerebro puede cambiar
Algo que siempre me encanta explicarles a las familias es que el cerebro es plástico. Esto significa que cambia y se adapta según los estímulos y experiencias que recibe.
Así que no se trata solamente de quitar pantallas. Podemos ofrecerle al cerebro otras experiencias que favorezcan el movimiento, la coordinación, la atención y la regulación.
Algunas ideas sencillas que recomiendo son:
- Mover el cuerpo: bailar, brincar, practicar deportes, hacer ejercicios de balance o movimientos cruzados.
- Trabajar ritmo y coordinación: música, palmadas, seguir patrones o bailar siguiendo un ritmo.
- Combinar ojos y cuerpo: tirar y atrapar una bola, seguir objetos con la mirada o juegos que requieran buscar y encontrar.
- Crear límites saludables con las pantallas: evitar utilizarlas inmediatamente al despertar y antes de dormir, pasar tiempo al aire libre y promover más momentos de juego activo.
- Cuidar el sistema nervioso: desde la quiropráctica pediátrica buscamos proporcionar estímulos sensoriales y propioceptivos al sistema nervioso mediante ajustes suaves y específicos, como parte de un enfoque integral de bienestar.
No buscamos perfección, buscamos balance
No espero que una familia elimine completamente las pantallas. Yo misma sé que la tecnología es parte del mundo en el que vivimos.
Lo que sí quiero es que seamos más intencionales.
Cada oportunidad que le damos a un niño para moverse, explorar, jugar, aburrirse un poquito, resolver problemas e interactuar con el mundo real también es una oportunidad para que su cerebro practique habilidades que necesita durante su desarrollo.
No se trata de tenerle miedo a las pantallas. Se trata de recordar que un cerebro en desarrollo necesita mucho más que una pantalla para crecer.


